«Tener la razón»: la principal «droga» de los humanos

Respiración, mindfulness

Vives en tiempos donde tienes un amplio margen de libertad para elegir cómo quieres construir nuestra vida.

Paradójicamente, también son tiempos donde diariamente eres «bombardeado» en redes sociales con conceptos, dogmas, códigos de moral, información sobre diferentes tópicos de nuestro interés, etc., que interactúan con ese conjunto de «reglas» que conforman tu sistema de creencias, e influyen -quieras o no- en éste.

El ambiente que te rodea tiene mucho que ver con las direcciones de vida con las que luego te comportas de forma tan «coherente». Desde que eres pequeño, los mensajes que recibes, configuran lo que consideras «bueno» o «malo», y aquello a lo que te acercas y aquello de lo que te alejas.

Todo inicia con la influencia de la familia y el colegio, y como -en un principio- no sabes mucho de nada (aunque, siendo sinceros, es un poco lo mismo ya siendo adultos) tiendes a obedecer ciegamente lo que aprendes. Ya en la adolescencia, buscaste otros referentes o te bombardearon con ellos (he ahí el lucrativo negocio de los influencers hoy en día), y parte de éstos fueron tus pares. Luego, dado que tu lenguaje se tornó más elaborado -aunque no por ello más preciso para describir las cosas y sacar conclusiones-, empezaste a sentir que sabías tanto o más que aquella gente mayor que tú: los adultos (además ya te empezabas a parecer más a ellos, lo que reforzó esta tendencia). Finalmente, para cuando llegó la adultez, ya hiciste tuya toda una «historia» coherente que incluye gran parte de tus aprendizajes.

Por supuesto, nos aferramos mucho a esa «historia»: Es una forma de dar estabilidad a la percepción que tenemos de nosotros mismos y a las acciones que van ligadas a ésta, y además nos permite poder responder(nos) a preguntas como «¿quién soy/eres?», «¿qué opino/opinas del amor?», «¿qué pienso/piensas de las personas desleales?», «¿cómo soy/eres en el trabajo?», etc., sin cambiar nuestra respuesta constantemente. En otras palabras: gracias a esta «rigidez» para aferrarnos a ciertos conceptos de nosotros mismos, adquirimos eso que llamamos «identidad» y podemos decirnos: «Soy yo; no tú… y tampoco aquel».

Y así de tanto contarnos esta historia -y de tanto contarla-, acabamos muy «convencidos» de todas las ideas y conceptos que conforman nuestra «historia», nuestra «identidad» y de éstos se desprenden nuestros «guiones de vida», es decir, el cómo vivimos.

Sin embargo, volvamos un poco en el tiempo. Hace solo unos años, si te miras con honestidad, descubrirás que no eres ese «tú» que hoy llamarías «yo». Dejemos atrás los pronombres y vamos por un ejemplo concreto: Si te preguntaran por tus gustos hoy, probablemente diferirían notablemente de los actuales. ¿Qué ocurrió? No tienes que preocuparte, no es que esto tenga algo de malo, simplemente es que cuando la vida cambia (nuevas experiencias), uno tiende a cambiar con ella (nuevos conceptos de uno mismo, de la vida y los demás) -o por lo menos, sería lo más conveniente para tu salud mental que así fuese-.

Y si me estás siguiendo el hilo podrás haberlo notado ya: sí, en el fondo, nuestros más grandes convencimientos son bastante arbitrarios… Todo es cuestión de hacer una comparación entre tus más férreas creencias cuando tenías 10 años, 15, 20 o 40 años: siempre descubrirás que en cada uno de esos momentos defendías con firmeza que «tenías la razón»… por más disímiles que sean esas creencias entre sí a tus propios ojos. En otras palabras: Lo que creíamos «verdad» deja de serlo, para dar paso a una nueva «verdad». Y sucede así… una y otra vez.

De hecho, aunque no nos guste pensarlo por amor a nuestra «forma de ser», si hubiésemos nacido a miles de kilómetros de donde nacimos -y sólo por ser parte de otra cultura u otra familia-, estaríamos probablemente igual de «convencidos» pero de algo TOTALMENTE DIFERENTE.

¿Eres muchas personas (y a la vez ninguna)? Cuando trabajo esto en terapia las personas suelen sentirse confundidas en los ejercicios de toma de perspectiva respecto a los propios pensamientos (una práctica que incluye aprender a observar sin «enredarse» con las creencias más arraigadas sobre uno mismo). Suele surgir la pregunta: «Si no soy mi mente, ¿quién soy?», lo cual viene acompañado de una expresión de visible preocupación. «Pues, eres quien se da cuenta que piensa… no eres lo que piensas», respondo en unas ocasiones; y en otras digo: «Vaya, ése es otro pensamiento que también puedes observar sin enredarte en él». Por supuesto, nada de esto -en especial la segunda respuesta- genera un alivio inmediato en la persona. Y aunque no me gusta ver que alguien experimente malestar, en este caso, es parte del proceso que así ocurra. No buscamos con este tipo de práctica que la persona se aferre más a sus propios conceptos por más cómodo que le resulte si luego eso va a causarle sufrimiento; sino que vamos totalmente en otra dirección: buscamos que la persona aprenda a experimentar sus pensamientos y emociones desde una perspectiva de «observador». Finalmente, sentir confusión no es más que una experiencia más con la cual nos podemos «enredar» o que podemos observar.

Dicho lo dicho hasta este momento, ¿no te parece que no tiene mucho sentido aferrarte demasiado a aquello que hoy tu mente te dice que es «verdad»? ¿No será más pegado a la realidad estar abiertos a seguir aprendiendo de la experiencia que sometidos por nuestras creencias más arraigadas? ¿No será mejor convertirse en un «observador» que en un «seguidor» de nuestros propios conceptos -tan cambiantes y arbitrarios en esencia-?

No es que esté «mal» que pensemos como pensamos, o que sintamos como sintamos. De hecho, es un poco irrelevante para nuestra salud mental «enredarnos» en ese tipo de análisis sobre.

La conducta humana, simplemente funciona como funciona: Nos aferramos con uñas y dientes a nuestras creencias simplemente porque así lo APRENDIMOS (en función de dónde, cuándo y cómo crecimos), y no porque lo que creemos con tanta pasión sea INTRÍNSECAMENTE o UNIVERSALMENTE verdad (y no, no importa cuántas personas crean -o no- en eso… pues el hecho de que muchísimas personas crean que algo es verdad, solo arroja una conclusión segura: que muchísimas personas están de acuerdo en algo. Y nada más).

Si bien la palabra «libertad» da un poquito de risa a estas alturas -visto está ya que todo es aprendido, hasta aquellas cosas que cuando las hacemos nos sentimos tan «libres»-, quienes más «libertad» disfrutan son aquellas personas que son capaces de darse cuenta de que sus pensamientos son arbitrarios y, por tanto, las emociones que conjugan no son algo que debe controlar rígidamente nuestro comportamiento.

La práctica de observar los propios pensamientos y emociones sin enredarse con éstos, facilita poder darse cuenta cada vez más fluidamente de qué pensamientos y emociones pueden visitar en un momento determinado a una persona, reduciendo el «poder» que estos puedan ejercer sobre el resto de tus acciones, dándote la posibilidad de elegir una acción más coherente con tu supervivencia y el camino por el cual quieres llevar tu vida.

Y es que quizá no podemos evitar tener pensamientos que nos parecen «verdad», ya que se trata de una característica de nuestro comportamiento como seres humanos (organismos «condenados» a ser verbales y a «creer» en cosas que sentimos como «verdades»); sin embargo, sí podemos aprender a no vivir siempre «enredados» o «arrastrados» por nuestras creencias más arraigadas.

Hacernos hábiles para mirar nuestras creencias más arraigadas con sana desconfianza, hacer una pausa en su presencia y aprender a no siempre «dejarnos llevar» por aquello que nuestra mente (debido a nada más y nada menos que nuestra historia) nos dice que es «verdad»… radica la posibilidad de saborear aquello que nos enseñaron -también- a llamar «libertad».

Recuerda siempre que si estás haciendo tu mejor esfuerzo y aún así no logras experimentar bienestar más o de una forma más estable, NO eres el problema tú, sino tu estrategia. En ACTúa te ayudaremos a cambiar esa estrategia por una más efectiva y precisa que te permita acercarte a esa vida con sentido y plenitud que deseas, sin sufrir innecesariamente.

Publicado por ACTúa

Psicólogos y terapeutas especialistas en terapia psicológica en Miraflores.

Deja un comentario